La ingeniería de la felicidad

04.03.20 EL MUNDO

A menudo surgen propuestas que apuestan por cambiar la cultura escolar. Sin embargo, la postura pedagógica de estas a veces se parece bastante a la de las escuelas de hace 200 años, aunque bajo las luces de la tecnología. Se insiste en que obtener buenas notas para que los estudiantes mantengan el interés por aprender es suficiente. Así es fácil comprender por qué el concepto de felicidad continúa gozando de un estatus realmente bajo, si se compara al valor del esfuerzo. El problema es que a la idea de esfuerzo se le ha adjuntado en las últimas décadas el valor del estrés, entendiéndolo como algo natural si se quiere conseguir un alto nivel académico.

 

Generaciones de estudiantes de todo el mundo aprendieron a soportar la respuesta al estrés en el cuerpo, lo que paulatinamente trajo como contrapartida que las buenas notas dejaran de producir el estímulo esperado y sirvieran solo para poder soportar una dosis mayor de ansiedad en el futuro. En todos los niveles educativos conquistar un 10 aporta poco más que un estado breve de felicidad efímera y no aumenta ni el placer ni el entusiasmo por aprender o estudiar. Así, fue instalándose en las aulas la idea de que el dolor físico, emocional o mental puede ser algo natural a todo buen estudiante o que hay que pasar para alcanzar el triunfo.

Hoy, por fortuna, las neurociencias y el estudio del cerebro en tiempo real mediante resonancia magnética han demostrado que es posible lograr un estilo de felicidad por efecto de los neurotransmisores, capaz de bajar el estrés tóxico, y lograr un aprendizaje más integral, manteniendo la curiosidad y el entusiasmo, produciendo a su vez verdaderos cambios positivos en la cultura escolar.

 

¿Y si el gran desafío en la era de la complejidad tecnológica fuera dar un paso por delante y preguntarnos cómo integrar un estilo de felicidad que humanice las aulas? Hoy sabemos que podemos redireccionar hacia un tipo de felicidad que no sólo tiene que ver con la sensación del trabajo bien hecho o con dar a cada experiencia de aprendizaje un sentido, sino con conseguir antes de eso una mejor conexión social basada en un genuino compromiso con el bienestar de todos. He ahí la clave, porque lo cierto es que los seres humanos somos ante todo seres sociales y emocionales que luego aprendemos a razonar.

 

Cuando ponemos el foco en el aspecto social del cerebro (al que llamamos cerebro social y que se activa a las dos horas de nacer) no es de extrañar que para un estudiante sentirse aceptado y valorado sea mucho más estimulante para aprender que una nota o un premio. Los sistemas de recompensa del cerebro, los neurotransmisores de la felicidad, activan sensaciones mucho más gratificantes y duraderas que sacar un sobresaliente en un examen. Incorporar lo que yo llamo como felicidad responsable de modo transversal en el currículo implica que perciban en sí mismos y en los vínculos en el aula los beneficios de ser agradecidos, generosos, amables, empáticos, altruistas, o cuando participan en redes de ayuda mutua, o en experiencias que van más allá de ellos mismos, como el aprendizaje de servicio, porque es así como la recompensa en su interior aumenta. Para decirlo de otro modo: la verdadera revolución educativa no está en la tecnología del mundo exterior, sino en la capacidad de activar la ingeniería interior, la que permite ser un poco mejores seres humanos. Al educar para la felicidad responsable les estamos dando la posibilidad de que decidan por sí mismos cómo sentirse, que aprendan a llevar a cabo micromovimientos verdaderamente transformadores para lograr un mayor bienestar personal, pero también para transformar su entorno, activando sus fortalezas y con efectos positivos sobre su rendimiento, con sólo percibirse más aceptados y queridos.

 

Hoy sabemos que los alumnos pueden alcanzar el éxito sin tener que padecer más estrés del que necesitan para cumplir responsablemente con las tareas y los plazos. Entonces, si como decía Aristóteles, «[…] La verdadera felicidad consiste en hacer el bien», aprovechémoslo, porque hasta donde se sabe, formamos parte de la única especie que puede educar para un estilo de felicidad más duradera, la que no implica en ningún caso la búsqueda del placer inmediato. La nueva cultura escolar es la encargada de romper con el mito de la felicidad como un objetivo de futuro. La verdadera innovación educativa, sin duda, consiste en enseñar a los estudiantes que cuentan con la mejor ingeniería interior para responder a las nuevas exigencias en un mundo que les exigirá un alto nivel de adaptabilidad, creatividad y consciencia social. Pero también para saber qué hacer cuando las cosas se pongan difíciles. Y si ello se debe a que no las han hecho bien, habrán aprendido también como parte de la felicidad responsable a reparar, a reflexionar y a volver sobre los propios pasos. Entonces, estoy segura que se encontrarán con docentes que, habituados a la nueva cultura humanizadora de la escuela, actuarán como mentores capaces de transmitir que ningún fallo escolar es definitivo, y que todo puede cambiar a mejor. Algo que en un futuro ningún robot será capaz de hacer.

LÉELO EN: